lunes, junio 08, 2009

"Paranoid Park", de Gus Van Sant. Contra la ley de la gravedad.

Puede que nadie haya filmado a la juventud como Gus Van Sant. Aunque él no la sitúa dentro de la trilogía formada por "Gerry", "Elephant" y "Last Days", "Paranoid Park" tiene muchos puntos en común con esas pelis, pero también con el retrato de la confusión juvenil de otra de sus obras mayores, "Mi Idaho privado".

La angustia adolescente y el sentimiento de estar perdido en el mundo, la búsqueda de una personalidad en construcción (todo tan bien encarnado por el actor amateur Gabe Nevins) se complican todavía más a raíz de un hecho trágico fortuito que hará que penetre en su conciencia algo todavía peor: el sentimiento de culpa. Al igual que sucedía en "Elephant", lo que se cuenta podría ser el caldo de cultivo perfecto para ejercer una reflexión de sociología barata sobre la falta de valores de la adolescencia yanqui, los medios de comunicación, las familias desestructuradas (los padres del protagonista están divorciados) y todas esas zarandajas. A cambio, se demuestra que todo, en realidad, parte del absurdo, de pensar que en una desafortunada coincidencia toda esa racionalidad se va a pique. Y, lo peor, que luego hay que vivir con ello.

También se podría prestar perfectamente a un planteamiento de thriller que, por fortuna, subvierte completamente al optar por una estructura no cronológica que no sólo rompe con el concepto de intriga, sino que parece situarse al mismo nivel que la cabeza del protagonista. Desde ahí parece partir la fotografía en formato digital del gran Christopher Doyle, suspendiendo el tiempo y el espacio como en el hermosísismo plano de los skaters sucediéndose ante la cámara, mistificándolo hasta la trascendencia (Van Sant en estado puro), y haciendo que lo poético se superponga a lo narrativo. Otra secuencia que debe quedar para siempre en el recuerdo, la de la ducha del protagonista, con un sonido rayante que plasma de forma demoledora el sentimiento de culpa y la confusión.

Pero hay más, muchas más cosas en estos 78 minutos. La fascinación iniciática del joven por esa subcultura de 'outsiders' buscando la libertad en el parque de skaters que han construido bajo un puente de línea férrea en Portland, el descubrimiento de la amistad verdadera con una chica en cuya bicicleta se apoya, las cartas en las que intenta poner en orden su cabeza (gran clásico, hermoso, de la adolescencia) o incluso cierta descontextualización posmoderna en el uso de la música. Que suene un par de veces Elliott Smith es altamente previsible (me encanta, pero me parece un topicazo que en esta peli cotiza a la baja), pero no lo es tanto que, en una escena de ruptura sentimental, anule el diálogo haciendo sonar por encima el tema de "Amarcord" de Nino Rota.

En julio, por cierto, llega por fin a España, aunque en los más de dos años transcurridos desde que se estrenó en Cannes me temo que todos los interesados ya se la han bajado. Y, finalmente, espero que con el dinero ganado con el bodriete "Mi nombre es Harvey Milk", le de fuerzas para seguir haciendo más peliculones como éste.

Canción del día:
"No hay nada más triste que lo tuyo" (Hidrogenesse)

Frase del día: "Soy como Supermán" (Silvio Berlusconi)

3 Comments:

Blogger supersalvajuan said...

¿Y cuál su criptonita?

6:53 p. m.  
Anonymous C. said...

Discrepo: "Harvey Milk" no es un bodrio...

11:06 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

La escena con Angeles de E.Smith sonando de fondo es de gallina de piel.

9:39 p. m.  

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